La cámara cinematográfica no deja de ser una caja hermética donde se controla la entrada de luz. Mediante un mecanismo de arrastre, accionado por energía eléctrica o batería, se puede plasmar en un soporte (bobina o rollo de película) 24 imágenes (fotogramas) por segundo. Gracias a la persistencia retiniana, podemos visualizar estos fotogramas al proyectar la película, y nuestro cerebro interpreta que dichas imágenes están en movimiento.
El rollo de película sigue un camino en el interior de la cámara que nos permite conocer e identificar para qué sirven las distintas piezas que la componen.